Seguimos en el recuerdo, esta ciudad que nos ha dado todos los argumentos para completar nuestra labor, una ciudad llena de fantamas del pasado.

Los caminos de la ciudad fantasma o la ciudad del recuerdo son lúgubres, debo llevar un farol de aceite para poder ver el camino, A lo lejos observo un casa... más parece un castillo de la época medieval, dirijo los pasos hacia su entrada y encuentro que el Guardián había muerto, y era preciso sustituirlo. El Gran Maestro reunió a todos los discípulos para escoger quién tendría la honra de trabajar directamente a su lado.
Al llegar al lugar, cruzando un hermoso patio a través de un camino de cuarzos, debo sacarme los zapatos y dejarlos en la entrada. El suelo está recubierto por una alfombra azul y para entrar hay que hacerlo poniendo el pie izquierdo primero. Luego se hace una reverencia hacia el centro, con las manos juntas sobre el pecho, tal como rezan los niños chicos. Lo siguiente es sentarse sobre alguno de los Zafu (cojines circulares negros), mirando hacia la pared y acomodarse en la posición correcta: sentado en forma muy rígida, con la espalda derecha, las piernas cruzadas en posición de loto, la mano izquierda sobre la derecha y ambas bajo el abdomen, el mentón bajo, la vista semi abierta fija sobre el muro. La respiración debe ser natural, pero inflando la zona donde están las manos.
- Voy a presentarles un problema -dijo el Gran Maestro- y aquél que lo resuelva primero, será el nuevo guardián del Templo. Terminado su corto discurso, colocó un banquito en el centro de la sala. Encima estaba un florero de porcelana carísimo, con una rosa roja que lo decoraba.
- Éste es el problema -dice el Gran Maestro -resuélvanlo-.

Los discípulos contemplaron perplejos el "problema", por lo que veían los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y la elegancia de la flor. ¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? ¿Cuál sería el enigma?
Pasó el tiempo sin que nadie atinase a hacer nada salvo contemplar el "problema", hasta que uno de los discípulos se levantó, miró al maestro y a los alumnos, caminó resolutamente hasta el florero y lo tiró al suelo, destruyéndolo.
¡Al fin alguien que lo hizo! - exclamó el Gran Maestro-Empezaba a dudar de la formación que les hemos dado en todos estos años,
Usted es el nuevo guardián. Al volver a su lugar el alumno, el Gran Maestro explicó:
- Yo fui bien claro: dije que ustedes estaban delante de un "problema". No importa cuán bello y fascinante sea un problema, tiene que ser eliminado.
Un problema es un problema; puede ser un florero de porcelana muy caro, un lindo amor que ya no tiene sentido, un camino que precisa ser abandonado, por más que insistimos en recorrerlo porque nos trae comodidad... "Solo existe una manera de lidiar con un problema": atacándolo de frente.
En estas horas, no se puede tener piedad, ni ser tentado por el lado fascinante que cualquier conflicto acarrea consigo.
Recuerda que un problema, es un problema. No tiene caso tratar de "acomodarlo" y darle vueltas, si al fin y al cabo ya no es otra cosa más que "UN PROBLEMA".
Déjalo, hazlo a un lado y continúa tu misión. No huyas de él... No lo escondas... ¡Acaba con él!
Después de esta maravillosa enseñanza y queriendo saber más sobre alguno de ellos que hubiere sido especial; pregunte al Gran Maestro y el con gusto me envío hablar con Jiku, diminutivo de jikusan, su nombre de monje zen que significa algo así como "la compasión del cielo". Se lo dieron al segundo año de estar en el templo de Bukkokuji, en la ciudad nipona de Obama.

En total se pasó diez años, diez años donde todos los días seguía la misma rutina meditando sentado contra la pared, hubiera nieve o sol. Atrás había dejado su cartón de ingeniero comercial primero, y luego su trabajo de fotógrafo que le permitió recorrer buena parte del mundo haciendo reportajes gráficos. De hecho llegó al monasterio para hacer uno sobre el zen, que le encargó la extinta revista Visa.
Levantarse a las 5 de la mañana, sentarse mirando a la pared, no rascarse si pica, ni moverse si te acalambras. Eso es exactamente lo que ocurre todos los días del año en un monasterio de budismo zen, una práctica milenaria que para algunos es sólo parte del taquilleo orientalista de moda y para otros un profundo camino espiritual. Interesado por todo aquello comencé a preguntar.
-¿Cómo llega la gente que viene para acá Pato?
-Llega acelerada, estresada, con distintos problemas. Adicciones, alcoholismo por ejemplo, o simplemente cansada de su vida, o cuando descansa en el infinito.
-¿El zen es algo más que la meditación?
-Zen es meditación. Una meditación que sistemáticamente deja pasar la mente discursiva, la mente despótica, de la que somos víctimas desde el comienzo y quien sabe desde qué comienzo. Estamos acostumbrados a estar tristes si ella esta triste, si esta contenta estamos contentos. Poco a poco se va desarrollando la habilidad de dejar pasar esa mente, esa que ha sido siempre la dueña de la casa, que dirige tu estado de ánimo y tu salud.
-Se trata de la mente como algo más que lo racional. Implica emociones, sentimientos...
-Sí, es todo eso. Pasiones, adicciones, también.
-Pero si nos quedamos sin eso, entonces no somos nada. Un ser humano es el conjunto de pensamientos, de emociones, de pasiones. ¿O no?
-Eso somos, pero una vez que se trasciende, que se descarta, se produce el encuentro con el ser verdadero, que no cambia, que no depende de nada. No cabe duda que los límites de uno van más allá de esta bolsa de carne que andamos trayendo.
-O sea con la meditación descubrimos que no somos nuestro cuerpo.
-Desde luego, descubres lo que ES.
Pato transmite mucha paz, mucha buena vibra, se podría decir. No es de hacer prédicas ni discursos, porque como buen practicante de zen se escapa de la conceptualización.
A las 9 a.m. en punto empieza el tercer zazen y no hay mucho tiempo para la sobremesa. Son cuarenta minutos más para tratar de apagar una tele que está encendida 24 horas adentro de la cabeza, aunque estemos durmiendo. Acá tampoco hay tele de la otra, ni radio, ni diarios, ni nada. Pensé que iba a sufrir un síndrome de privación de la onda "¡¡¡¿Qué cresta está pasando en el mundo?!!!".
Pero no.
Cuando venía para el Valle eché en la mochila un libro de historias zen. La primera es muy ilustrativa.
"Nan-in, un maestro japonés de la era Meiji (1868-1912) recibió a un profesor universitario que fue a preguntar sobre el Zen. Nan-in sirvió té. Llenó la taza de su visitante y siguió vertiendo. El profesor miraba cómo se derramaba hasta que no pudo contenerse más: ‘Está repleta. ¡No cabe más!'. ‘Como esta taza -dijo Nan-in-, usted está lleno de sus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo puedo mostrarle el Zen si no vacía primero su taza?".
A las 9:40 termina el zazen y comienza una sesión de Yoga que deja en patética evidencia los trasnoches en el Liguria. Lo peor es que Pato, a sus cincuenta y tantos, parece de goma.
A las 11 de la mañana la gente queda libre. Ya no hay más meditaciones hasta el último zazen del día, que será alrededor de las 8:30 p.m., después de los sutras de la tarde y otra sesión de ejercicios más suaves.
Todos se van a las labores manuales: jardinería, maestrías varias y preparación del almuerzo vegetariano. Los que vienen por un tiempo pueden pagar trabajando la alimentación y los demás gastos, aunque una cooperación en dinero no es mal recibida (Ni aquí la comida cae del cielo). Los monjes zen en Japón se cortan el pelo y ya me dijeron que no podía ser menos. Pato tiene su máquina eléctrica acariciando mi cabeza y no puedo evitar acordarme de Galeano: "Si los pelos sirvieran para algo estarían adentro de la cabeza, no afuera"
-¿Y por qué los monjes se cortan el pelo?
-Es un símbolo de desapego.
-Eso es justo lo contrario de tu profesión de ingeniero comercial, que enseña el apego al dinero...
-Siempre sentí que la Ingeniería Comercial exacerbaba la actitud egoísta. Sobre todo eso de que tú estas separado del mundo, de que el mundo está ajeno a ti, de que se contrapone. Uno de los grandes descubrimientos de esta práctica es que no hay dos: somos un solo cuerpo de vida todas las personas y todas las cosas.
-¿Pero no es también egoísmo apartarse del mundo como aquí, estar lejos de todos los problemas?
-Nunca nos hemos retirado a vivir a una cueva solos. La gente viene y va, y nosotros vamos a la cárcel a hacer talleres de meditación. Al sentarse quieto, sin moverte, aunque te pique o te duela, si bien es algo tan restringido, a través de eso vives una libertad sin límite. Es paradójico. Es lo que le trato de transmitir a los presos y algunos lo han entendido
-Es que quizás esa es la única forma que tienen ellos de ser libres
-Y esa es una libertad muy superior a la de los que pasan por la vereda de afuera. Todos están presos, rodeados de barrotes de sus apegos y deseos.
-El despego es la esencia de todo el budismo, aunque después el budismo se haya transformado en una religión oficial, de reglas externas, igual que el cristianismo.
-El Buda enseñó durante 40 años y enseñó muchas cosas diferentes y el zazen es una de estas cosas. En el zazen no hay divinidad que adorar, ese es un gran error.
-O sea el zen no es una religión.
-No, es una actitud de vida. Aunque el Buda es el fundador de una religión. Claro, pero si él viera lo que están haciendo con sus palabras estaría muy enojado en muchos casos. Aquí no hay dogmas y no hay listas de prohibiciones. Todo puede ser pecado o no pecado.
-¿Y el sexo está prohibido?
-No para nada, es una opción. Depende lo que él piense, si piensa que está bueno...y de hecho lo hacen. Muchos monjes son casados y tienen hijos. Otros optan por no hacerlo, piensan que quizás es un desperdicio de energía. Había un norteamericano que empezó a ir al templo en Japón en la misma época que fui yo, y volvía a Estados Unidos cada cierto tiempo porque tenía una polola, siempre estaba indeciso entre casarse o hacerse monje. Y así pasó 10 años saltando el Océano Pacífico. En junio de este año recién le contó todo este problema al maestro, y el maestro le dijo ‘qué problema tienes, cásate'. ‘Es que quiero ordenarme también', le replicó. ‘Bueno, entonces te ordeno mañana'. Ahora lo ordenaron de monje y está casado, no tenía para qué haber sufrido tanto.
Después nos da una pautas o consejos:
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Penetrar la Vía no es difícil, pero no hay que amar ni odiar, ni elegir ni rechazar. Basta con que no haya ni amor ni odio para que la comprensión aparezca, espontáneamente clara, como la luz del día en una caverna. Sosan |
Si mantenéis las manos cerradas, sólo conseguiréis unos pocos granos de arena. Pero si abrís las manos, conseguiréis toda la arena del desierto.
Dogen Kigen

Nos despedimos, no sin antes decirles que si alguien quiere ir al monasterio, le cuento que está ubicado en la salida de la ciudad del recuerdo, donde uno llega por curiosidad.
Salgo del monasterio Zen y me dirjo de nuevo a mi carpa, allí en esta ciudad no hay hoteles, sentado busco en mis notas que personaje sigue en mi agenda para ir a buscarlo.
Me decido por el periodista, donde debo dirigirme a donde buscar este nuevo personaje en aquel pueblo de fantasmas, fantasmas del recuerdo.
Hasta mi proxima entrega.

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